Si te pararas un momento a pensar en cómo duermen tus hijxs… ¿qué responderías? ¿Bien?, ¿mal? ¿En su habitación o «todavía» con nosotros?

Pero, ¿cómo duermen realmente lxs niñxs? ¿Qué necesitan para dormir? ¿Cuáles son sus expectativas? No desde la visión del adulto ni de los padres con ojeras, sino desde la suya propia.

En primer lugar, me gustaría contarte algo que para mí fue revelador y que me parece un conocimiento base para entender a nuestrxs hijxs y empatizar con ellos desde que nacen.

Nuestra arquitectura actual del sueño, tanto la adulta como la infantil (sí, son diferentes), se desarrollaron hace aproximadamente dos millones de años. ¿Puedes imaginar cómo vivía nuestra especie por aquel entonces? Ni puertas blindadas, ni cuerpos de seguridad del Estado, ni colchones de látex. Bosques, selvas, cuevas, y el suelo como base para nuestro sueño.

Es en ese entorno de vulnerabilidad en el que se desarrolla tanto nuestra estructura del sueño como la relación con nuestras crías. Los seres humanos actuales procedemos de otros que sobrevivieron a este entorno y cuyos comportamientos les permitieron adaptarse.

Un comportamiento fundamental en nuestra especie es el contacto estrecho con las crías, esto garantizaba su supervivencia, y en caso de separación, el llanto actuaba como señal de alerta, ante el que la madre respondía inmediatamente. No responder a esta señal podía significar la muerte inmediata.

El sueño en solitario era inexistente. Dormir solo significaba muerte asegurada, y por lo tanto era la compañía del grupo, de la tribu, lo que garantizaba la seguridad y aportaba la tranquilidad necesaria para conciliar el sueño.

Nuestros bebés nacen con este concepto tanto hoy en día como hace 200 o 1.000 años. Todas las crías de nuestra especie se rigen por su biología, y ésta determina una necesidad constante de contacto con su madre (o en su defecto padre o cuidador principal). Es este contacto el que garantiza su supervivencia, calor, alimento y atención continua.

Esta necesidad de contacto es imprescindible también a la hora de dormir, de hecho incluso más. Este contacto estrecho les permite descansar y estar tranquilos, sabiéndose seguros y protegidos ante cualquier posible peligro.

Puedes empeñarte en que duerman solos y explicarles que «todo está bien», que estáis ahí al lado y que no va a pasar nada. Tal vez con dos o tres años te entiendan y cedan, porque ya han empezado a desarrollar la capacidad de autoconsuelo y no tienen esa necesidad continua de contacto estrecho.

Querer estar en brazos y pegado a mamá (o papá) no es un capricho, no es una manipulación, es una necesidad. Su biología lo determina así, y por suerte, nuestrxs hijxs son capaces de actuar según lo que les marca su naturaleza, sin importar lo que determina la cultura o la sociedad.

«¿Y si se acostumbra a los brazos?» Si tenemos en cuenta que acostumbrarse es adquirir una costumbre y que ésta última es una manera habitual de obrar de una persona, no te preocupes. Si la esperanza de vida actualmente se sitúa en torno a los 80 años, tu hijx tan sólo te demandará ese contacto constante durante tres o cuatro años de su vida.

Satisfacer esa necesidad de contacto en la primera infancia evitará su búsqueda de forma compulsiva el resto de su existencia.

 

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