Tal vez así leído suene algo drástico. Pero es una realidad. Nuestros hijos necesitan límites.

Establecer límites no tiene nada que ver con limitarles, es decir, con crear limitaciones en su desarrollo.

Los límites, siempre y cuando tengan sentido, aportan seguridad a nuestros hijos. Una seguridad que además reclaman a través de su comportamiento y sus demandas.

Normalmente necesitamos comenzar a establecer límites cuando empiezan a desplazarse por sí solos.

Hay límites tan simples como “La puerta de este mueble no se puede abrir”, o “Esto que hay dentro de este cajón no se puede coger”; aunque yo soy partidaria de adaptar la casa a ellos y que prácticamente todo lo que esté a su alcance puedan cogerlo y tocarlo. De este modo pueden circular libremente y de paso, eliminamos unos cuantos límites y prohibiciones.

Hay otros límites que son realmente importantes e inamovibles, como puede ser que “La escobilla del váter no es para jugar” o que “Siempre damos la mano para cruzar”.

El número de límites que se imponen dependerán de lo que cada familia considere, siendo fundamental que los cuidadores principales (normalmente los padres) estén de acuerdo y los respeten.

Suele ser en torno a los dos años cuando empezamos a sentir que nos desafían, que están buscando “hasta dónde pueden llegar”, que basta que les digas algo para que se empeñen en lo contrario,… Normalmente, en estos momentos están buscando el límite, y es algo, que aunque les pueda generar frustración, necesitan, porque les aporta seguridad.

La frustración no es agradable, ni para ellos ni para nosotros. A nadie le gusta sentirse frustrado. Sin embargo, es una realidad con la que nos encontramos a menudo, y saber manejarla y convivir con ella es importante. Si les permitimos que se frustren y les acompañamos en este proceso, dentro de unos años, cuando las causas de sus frustraciones sean más relevantes, sabrán manejar y afrontar la situación.

Los límites generan frustración y por lo tanto, un exceso de ellos no tendría sentido. Estar constantemente prohibiendo o diciendo “No”, a cada propuesta u ocurrencia de nuestros hijos es agotador, para ellos y para nosotros; y además pierde el sentido.

Si el límite lo establecemos según el día que hayamos tenido, cómo nos encontramos o la paciencia que tengamos en ese momento, seremos ambivalentes y esto puede generar en nuestros hijos incomprensión, desconcierto y por lo tanto, inseguridad.

Los límites deben ser los justos y necesarios, claros y consistentes.

Y tú, ¿qué tal llevas esto de establecer límites?

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